martes, 4 de octubre de 2011

Daniel Melingo - Maldito tango (2008)




Alguna vez el poeta lunfardo Dante Linyera (1903-1938) escribió "¡Cha digo!" y lo que alumbró en esas líneas fue la visión deprimente de una casa condenada. "El perro no chumba y el gato ha espirao… Todo me recuerda que n’estás aquí." Hay formas y formas de contar que el canario se quedó sin alpiste; lo que hace Melingo es convertir esos versos tristes en una pieza de terror de cotorro. Con la voz cascada a punto caverna –entre Laiseca, el Julio Sosa del prólogo de "María" y el Nick Cave de "Henry Lee"–, el cantor se pone denso. Y haciendo dueto con Skay, mientras el contrabajo de Patricio Cotella marca el compás de lo desesperante, inventa algo que podríamos llamar "doom tango".

Nada es banal en esta nueva obra del vampiro fisurado. Con su tercer álbum de género (sin contar el compilado Santa milonga, 2004), el ex Twist termina de derrumbar la idea del "ejercicio de estilo" para refundar una poética porteña anacrónica y vigente. Editado primero en Francia a través del sello de Eduardo Makaroff (quien también produce el disco), Maldito... es un paso más en la podredumbre picaresca que destilaban Tangos bajos (1998) y Ufa! (2000).

La viñeta de pungueo "En un bondi color humo" (con letra de Luis Alposta, su principal proveedor textual) sitúa la escena en una ciudad cenicienta. Pero ese tango reo de fuelle y criolla le cede paso a "Julepe en la Tierra", un chamamé con ínfulas de corrido que inserta imaginería rural (¡la luz mala!) en pleno "boliche de Fontova". Otra vez irrumpe la noción del horror: "Qué julepe que nos dieron / a nosotros que la Tierra / habitamos q sin razón y con terror". "A lo Magdalena" evoca fábulas clásicas del género como "El motivo" (Cobián / Contursi). La historia de una nena abandonada en el Abasto, salvada por una monja, fajada por un quinielero, adornada por un mishé y fatalmente caída en desgracia. La voz gramofónica de Cristóbal Repetto le suma drama a un final de por sí desconsolado: "Y hoy llora a lo Magdalena al escuchar «Yira yira»".

La cruza melancólica y pop de lenguajes es una de las características más atrapantes del disco. El instrumental "Luisito" va al encuentro del clarinete jazzero de Melingo con lo que podría ser tanto un violonchelo centroeuropeo como un theremin de cine clase B. El mismo sonido magnético que abre "Pequeño paria", con un típico efecto de invasión alienígena y el arrullo de un niño a punto de ser abducido que derivan en un candombe tribal a dúo con Vicentico. Después de "Montmartre de hoy" (poema de Cadícamo resignificado por el padrinazgo franchute que hoy acuna a Daniel) y antes de los bonus tracks, "Eco il mondo" proyecta, en doce preciosos minutos, el embrujo de un final de fiesta: el viejo putañero que muere en el cabarulo tomando champán. Amanece en el arrabal, los pajaritos cantan y el violín de Javier Casalla se esparce por el lugar como una peste dulce.

Por Pablo Plotkin
Rolling Stone

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